El secuestro y la salud mental de los colombianos
Se denomina rehén o secuestrado aquella persona que ha sido detenida y privada de su libertad ilícitamente, de manera que su vida e integridad física se ven amenazadas y dependen de los intereses de su captor (Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR. 2002). Por sus consecuencias sobre la integridad y vida de la victima, la toma de rehenes se considera una violación los derechos humanos, y por tanto es un acto prohibido y condenado, que dentro del marco del derecho internacional humanitario aplica tanto a gobiernos y sus fuerzas armadas, como a grupos armados en oposición a este, en países en situaciones de guerra.
Siendo así, tanto las FARC, como el ELN y demás grupos al margen de la ley en Colombia, que realizan secuestros como medio de presión política, económica y militar, como también los diferentes agentes estatales que se valen de estos mismos medios para cumplir sus intereses, están violando el derecho internacional humanitario de sus víctimas. Sin embargo, y teniendo en cuenta que la construcción de la realidad social no se limita a un agregado de elementos objetivos sino a las interpretaciones colectivas sobre el mundo, los efectos del secuestro no se limitan a las víctimas directamente afectadas al ser privadas de su libertad, si no que trasciende a la sociedad que al tomar una postura frente al secuestro se ve a sí misma afectada.
En Colombia pueden encontrarse registros de secuestros desde incluso la década de los 30, pero el fenómeno del secuestro como se conoce y vive en la actualidad tuvo sus inicios en la década de los 60 cuando comenzaban a consolidarse grupos subversivos como las FARC o el ELN. Estos primeros secuestros tenían una claro objetivo financiero para estos grupos, que por medio de la extorsión de familiares de los secuestrados buscaban conseguir dinero para financiar sus operaciones (Adopta un secuestrado, 2008). Posteriormente, a partir de la década de los 80, estas prácticas de secuestro no sólo comienzan a tener fines económicos sino también políticos y militares: “Los Extraditables” emplearon el secuestro como un medio para evitar que el Congreso aprobara la extradición de ciudadanos colombianos, y las FARC secuestraron funcionarios del gobierno o figuras políticas como el Gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, la candidata presidencial Ingrid Betancur, y también cientos de uniformados después de operativos sus militares como lo fue la toma de Patascoy, Nariño, en donde fueron secuestrados los militares Pablo Emilio Moncayo y Libio Martinez, los hombres que han estado más tiempo secuestrados en el mundo (Adopta un secuestrado, 2008).
Revisando la historia colombiana reciente, bien puede pensarse que no existe realmente ningún grupo en la sociedad intocable ante este crimen, ya que ni siquiera las mafias y sus familias han estado libres de ser víctimas. Las altísimas cifras de secuestros que han mostrado un crecimiento vertiginoso: entre 1964 y principios de los 90 las cifras de eran superiores a 7000 secuestros, para 1996 se denunciaron 1038 secuestros, y entre el año 2000 y el 2007 se perpetraron más de 14.676 secuestros (Adopta un secuestrado, 2008b); según el Fondo de libertad de la república, en la actualidad aproximadamente 125 personas aun se encuentran sin libertad (Fondelibertad, 2010).
Ahora bien, ¿Qué impacto puede haber tenido el secuestro en la salud mental? Como se mencionaba anteriormente los efectos del secuestro no se limitan a la víctima directa y sus familiares, sino que tienen todo un impacto sobre los grupos humanos, particularmente en contextos donde este delito ha sido llevado a cabo de forma masiva, en diferentes escenarios y por un largo periodo de tiempo; en este sentido, es pertinente hablar tanto de los efectos individuales como de los efectos colectivos del secuestro.
En primer lugar, la victima de secuestro puede presentar alteraciones en su autoestima, en tanto su dignidad, sensación de autonomía (el poder de elección sobre sí mismo) y relaciones interpersonales (familiares, de pareja etc.) se ven afectadas, e incluso es posible pensar en la posibilidad del desarrollo fobias y conductas “paranoicas” hacia objetos o lugares que hayan sido asociadas al secuestro.
Por otro lado, tras años de presenciar los múltiples secuestros, la sociedad colombiana se ha sumido en miedo y tensión, esto debido a que en el imaginario colectivo se consolidó una idea de “constante amenaza de secuestro”, junto con otras amenazas como atentados o enfrentamientos armados, que ha afectado directamente la calidad de vida y bienestar físico de los colombianos. En relación con lo primero, el temor al secuestro confinó a la mayoría de la población en las grandes ciudades, por lo que se redujeron los espacios rurales que constituía el espacio de residencia de cientos de miles de colombianos, así como de ocio y recreación para algunos habitantes de la ciudad, dejando la satisfacción de dichas necesidades básicas a los limitados espacios urbanos; esto, además, afecta la sensación que tiene cada persona de la sociedad de libertad y poder sobre su vida, lo que evidentemente contribuye y fortalece el fatalismo. Por otro lado, el bienestar físico se ve afectado por los altos niveles de tensión en los que se encuentran quienes pertenecen a esta sociedad, en especial las familias de las víctimas; dicha tensión puede propiciar en las personas desatención en su auto cuidado, de manera que después de algún tiempo estos se encuentran desgastados y más vulnerables a enfermedades.
En otro sentido, y probablemente más sutil, el secuestro afecta los rutinarios comportamientos de la forma del vivir día a día: caminar por las calles muy oscuras o desoladas requieren un protocolo de seguridad previamente planeado, preferencias por circular en grupos que de forma individual, estar precavido de los alrededores por individuos o vehículos sospechosos, tener siempre un celular a fin de mantener una posibilidad de contacto con amigos y familiares en caso de algún peligro, leer correos cadena que cuentan historias sobre secuestros o raptos ocurridos en sitios familiares de la ciudad en alguna medida justifican los anteriores comportamientos. Por supuesto, estas conductas no se deben únicamente al riesgo del secuestro sino a la inseguridad en general que se vive en el país, pero este delito constituye una parte importante en esta percepción de inseguridad a la que las personas sin saber llegan a acostumbrarse.
Además, que los masivos secuestros fueran perpetuados en su mayoría por el ELN y las FARC, ha hecho que estos dos grupos sean identificados por la sociedad Colombiana como su enemigo, produciendo los que Martin Baro (1984) denomino polarización social para referirse al proceso en el que los grupos de una sociedad se encuentran en posiciones contrarias, identificándose mutuamente como enemigos. Dicha polarización supone un riesgo de violencia, puesto que, en la medida que se identifica un otro, también se identifica un nosotros, en el que el individuo camufla su responsabilidad sobre sus acciones, las cuales además son justificadas en pro de los intereses colectivos (sustentados en una ideología de grupo); esto, facilita y legitima la indolencia social y la vulneración de los derechos humanos, puesto que, al identificar al otro como enemigo, este tiende a ser deshumanizado (Macias, 2008).
Estos delitos, denunciados en la comunidad internacional con vehemencia, sin embargo no parecen perturbar el transcurrir cotidiano de los colombianos, a excepción de momentos históricos particulares como fueron las múltiples marchas en contra del secuestro en el año 2008 (¿?) que eventualmente desaparecieron. Es posible que esta aparente o superficial indiferencia se deba a que los casos de secuestros se han convertido en un delito recurrente y común el que, si la sociedad se permitiera afectarse por cada caso y presionar por la liberación de cada persona, probablemente trastornaría la vida y lo afectos nacionales de tal forma que no sería viable al mediano o largo plazo.
Referencias
Adopta un secuestrado (2008) El secuestro en Colombia. Recuperado el 25, Octubre, de http://www.adoptaunsecuestrado.org/htmls/Secuestro_Colombia.htm
Comité Internacional de la Cruz Roja, [CICR] (2002). La actitud del CICR en caso de toma de rehenes - líneas directrices. Revista Internacional de la Cruz Roja , 846.
Fondelibertad (2010). Realidad de las victimas del secuestro en Colombia. Recuperado 29, octubre, 2010 de http://www.fondelibertad.gov.co/web/documentacion/informe_realidad_secuestro_2010.pdf
Macias, M. (2008). Los grupos y su dinámica. En C. Arboleda (Ed.), Psicología social teoría y práctica (pp. 51-71). Universidad del Norte, Barranquilla.
Martin Baro, I. (1984). Guerra y salud mental. En Psicología social de la guerra: trauma y terapia. (pp. 23-40) UCA, San salvador.
vale la pena rescatar que has hecho un buen trabajo, pero ya que trataste el tema del DIH es indispensable, tratar las victimas de distintas maneras, puesto que los militares y politicos, agentes del Estado no son secuestrados sino prisioneros de guerra, porque vale recordar que segun el DIH estamos en conflicto interno armado, ya que estos ultimos gobiernos guerreristas no lo quieran reconocer es otra cosa, no podemos jugar al vivo bobo, usando para unas cosas el DIH y para otras esconderlo,estamos en guerra y hay que afrontarla como tal, estamos cansados de eso, no creo, el pueblo colombiano, escaso de cultura politica, o quien sabe si basto en el tema y por eso la abstencion como medio de protesta, e incluso como los señalan los grupos armados en conflicto sustento de la sobrevivencia de las guerrillas, esa deslegitimacion del gobierno, por lo que considero que quienes eligen estan apoyando cada vez mas a quienes buscan continuar esta guerra que no nos deja nada.
ResponderEliminarComparto la posicion de mi compañero Pablo, pero considero que mas que centrarnos en el ambito del conflicto desde la incidencia de la violencia, o de los mismos actos, debemos centrarnos no en como se esta llevando sino en como debe terminar para efectos de la materia, considero que el tema del secuestro es bastante complejo, puesto que a pesar de todo el DIH incide mucho y debe ser tenido en cuenta, no para justificar sino para manejar el conflicto. creo que en Colombia falta mucha tela por cortar en esta materia para lo cual debe hacerse un proceso de negociacion con dichos grupos, puesto que para mi la violencia siempre traera mas violencia.
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