jueves, 11 de noviembre de 2010

Memoria histórica


Probablemente la mayor dificultad que se presenta en Colombia para la aplicación de la memoria histórica es que los colombianos recuerdan lo que han olvidado. Este oxímoron no es simplemente para llamar la atención sobre el texto, sino que efectivamente pareciera que los colombianos no recuerdan lo que ven todos los días; en el caso particular de este texto, el fenómeno del secuestro.

Los secuestros en Colombia se han hecho muy comunes en las últimas décadas, tanto que son noticia habitual en los noticieros o los diarios; se conocen las imágenes y los nombres de algunos secuestrados, y en los casos “resueltos” de secuestros, se sabe quién y para qué efectuó el secuestro. En algunos momentos, el país ha salido a marchar a modo de protesta por esta violación al derecho fundamental de la libertad, he incluso se crean diversos espacios dedicados a los secuestrados como son algunas páginas web (www.adoptaunsecuestrado.org). 

Sin embargo, tal “visibilizacion” del conflicto, contrario a lo que se pensaría, no permite al pueblo colombiano acceder a la verdad, sino que, contribuye a que el secuestro se haga cotidiano e interiorice como algo natural; se volvió normal escuchar durante la cena, en el noticiero de la noche, cualquier cosa acerca de los tantos secuestrados que hay en Colombia. 

Dicha realidad solo se cuestiona en ciertos momentos, cuando alguna imagen o relato sale a la luz y se enfrenta con nuestra cotidianidad mostrándonos lo absurdo, deshumanizador y real que es el secuestro; el pueblo “ofendido” decide entonces que es hora de hacer una marcha y de hablar y recordar que en las selvas de Colombia todavía existen personas, hijos, padres, hermanos y esposos de alguien, personas que durante mucho tiempo han existido tan solo como cifra, incluso olvidada.

Pero todas estas manifestaciones pronto caen en desuso: liberan a una candidata política y el interés nacional sobre los secuestrados palpablemente disminuye, casi como si el problema ya estuviera a punto de resolverse; las marchas cesan y no es posible la convocación de la gente nuevamente para repetir este tipo de actos; los espacios, incluso las páginas web, caen en desuso y se des-actualizan por periodos de más de un año; a pesar, de que el secuestro no acaba y continuamente hay más personas secuestradas. Sin embargo, esto último no se ve: la ausencia de estrategias y políticas estatales (responsabilidad estatal), en pro del bienestar de los secuestrados se encubre en un velo de noticias (que incluso se podrían llamar amarillistas) que, día tras día dejan la ilusión, la idea, de que en Colombia la situación del secuestro ya no es tan grave y que el Estado está siendo un efectivo defensor de los derechos humanos, por lo que no habrían motivos para que el pueblo no se preocupe de mas por reclamar, cuestionar y exigir, de esta manera la verdad oficializada, contribuye a que en Colombia se olvide lo que se recuerda. 

Pero entonces ¿Qué ocurre? ¿Será que la memoria histórica no tiene efecto sobre el contexto colombiano? ¿O será que las manifestaciones que vemos no son verdaderos procesos de memoria histórica? Probablemente el caso sea que no se han realizado procesos reales de memoria histórica: para empezar, en la mayoría de los casos de secuestro los victimarios no son confrontados de forma directa por las víctimas y familiares, y aunque el Estado dice reforzar esfuerzos en la prevención de secuestros, y muestra estadísticas que así lo indican, la realidad es que los secuestros siguen ocurriendo en nuestra sociedad. De igual manera, los procesos de memoria parecen haber estado mas dirigidos a mantener la estimación del número de personas que han sido y se encuentran secuestradas, que en mantener viva la historia de la víctima, como persona; contribuyendo de esta manera, incluso, a una re victimización de quienes tras haber sufrido el secuestro propio o no (de algún familiar o amigo cercano), sufren el olvido y desvalorización de su dolor.

El tema del secuestro a diferencia de otros crímenes, y de otros contextos, no es un tema tabú cuya mención pueda acarrear peligros a las personas o estigmatización: no existe una restricción explícita o implícita sobre la comunidad para hablar sobre el secuestro, sin embargo pocos parecen comentarlo o tenerlo presente en sus mentes aunque en caso de que el tema surja, pueden hablar de este. Esta habituación sobre el tema crea la sensación de que los colombianos han olvidado lo que todos recuerdan; tal vez la memoria histórica requiere de temas pasados para surtir su efecto reparador y preventivo, y el secuestro en Colombia constituye un tema muy presente. ¿Puede curarse una herida que aún tiene la espina que la causó?

Alejandro Arce Sánchez
Ana María Rivera

lunes, 8 de noviembre de 2010

El secuestro y la salud mental de los colombianos



Se denomina rehén o secuestrado aquella persona que ha sido detenida y privada de su libertad ilícitamente, de manera que su vida e integridad física se ven amenazadas y dependen de los intereses de su captor (Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR. 2002). Por sus consecuencias sobre la integridad y vida de la victima, la toma de rehenes se considera una violación los derechos humanos, y por tanto es un acto prohibido y condenado, que dentro del marco del derecho internacional humanitario aplica tanto a gobiernos y sus fuerzas armadas, como a grupos armados en oposición a este, en países en situaciones de guerra.


Siendo así, tanto las FARC, como el ELN y demás grupos al margen de la ley en Colombia, que realizan secuestros como medio de presión política, económica y militar, como también los diferentes agentes estatales que se valen de estos mismos medios para cumplir sus intereses, están violando el derecho internacional humanitario de sus víctimas. Sin embargo, y teniendo en cuenta que la construcción de la realidad social no se limita a un agregado de elementos objetivos sino a las interpretaciones colectivas sobre el mundo, los efectos del secuestro no se limitan a las víctimas directamente afectadas al ser privadas de su libertad, si no que trasciende a la sociedad que al tomar una postura frente al secuestro se ve a sí misma afectada.


En Colombia pueden encontrarse registros de secuestros desde incluso la década de los 30, pero el fenómeno del secuestro como se conoce y vive en la actualidad tuvo sus inicios en la década de los 60 cuando comenzaban a consolidarse grupos subversivos como las FARC o el ELN. Estos primeros secuestros tenían una claro objetivo financiero para estos grupos, que por medio de la extorsión de familiares de los secuestrados buscaban conseguir dinero para financiar sus operaciones (Adopta un secuestrado, 2008). Posteriormente, a partir de la década de los 80, estas prácticas de secuestro no sólo comienzan a tener fines económicos sino también políticos y militares: “Los Extraditables” emplearon el secuestro como un medio para evitar que el Congreso aprobara la extradición de ciudadanos colombianos, y las FARC secuestraron funcionarios del gobierno o figuras políticas como el Gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, la candidata presidencial Ingrid Betancur, y también cientos de uniformados después de operativos sus militares como lo fue la toma de Patascoy, Nariño, en donde fueron secuestrados los militares Pablo Emilio Moncayo y Libio Martinez, los hombres que han estado más tiempo secuestrados en el mundo (Adopta un secuestrado, 2008).


Revisando la historia colombiana reciente, bien puede pensarse que no existe realmente ningún grupo en la sociedad intocable ante este crimen, ya que ni siquiera las mafias y sus familias han estado libres de ser víctimas. Las altísimas cifras de secuestros que han mostrado un crecimiento vertiginoso: entre 1964 y principios de los 90 las cifras de eran superiores a 7000 secuestros, para 1996 se denunciaron 1038 secuestros, y entre el año 2000 y el 2007 se perpetraron más de 14.676 secuestros (Adopta un secuestrado, 2008b); según el Fondo de libertad de la república, en la actualidad aproximadamente 125 personas aun se encuentran sin libertad (Fondelibertad, 2010).


Ahora bien, ¿Qué impacto puede haber tenido el secuestro en la salud mental? Como se mencionaba anteriormente los efectos del secuestro no se limitan a la víctima directa y sus familiares, sino que tienen todo un impacto sobre los grupos humanos, particularmente en contextos donde este delito ha sido llevado a cabo de forma masiva, en diferentes escenarios y por un largo periodo de tiempo; en este sentido, es pertinente hablar tanto de los efectos individuales como de los efectos colectivos del secuestro.


En primer lugar, la victima de secuestro puede presentar alteraciones en su autoestima, en tanto su dignidad, sensación de autonomía (el poder de elección sobre sí mismo) y relaciones interpersonales (familiares, de pareja etc.) se ven afectadas, e incluso es posible pensar en la posibilidad del desarrollo fobias y conductas “paranoicas” hacia objetos o lugares que hayan sido asociadas al secuestro.


Por otro lado, tras años de presenciar los múltiples secuestros, la sociedad colombiana se ha sumido en miedo y tensión, esto debido a que en el imaginario colectivo se consolidó una idea de “constante amenaza de secuestro”, junto con otras amenazas como atentados o enfrentamientos armados, que ha afectado directamente la calidad de vida y bienestar físico de los colombianos. En relación con lo primero, el temor al secuestro confinó a la mayoría de la población en las grandes ciudades, por lo que se redujeron los espacios rurales que constituía el espacio de residencia de cientos de miles de colombianos, así como de ocio y recreación para algunos habitantes de la ciudad, dejando la satisfacción de dichas necesidades básicas a los limitados espacios urbanos; esto, además, afecta la sensación que tiene cada persona de la sociedad de libertad y poder sobre su vida, lo que evidentemente contribuye y fortalece el fatalismo. Por otro lado, el bienestar físico se ve afectado por los altos niveles de tensión en los que se encuentran quienes pertenecen a esta sociedad, en especial las familias de las víctimas; dicha tensión puede propiciar en las personas desatención en su auto cuidado, de manera que después de algún tiempo estos se encuentran desgastados y más vulnerables a enfermedades.


En otro sentido, y probablemente más sutil, el secuestro afecta los rutinarios comportamientos de la forma del vivir día a día: caminar por las calles muy oscuras o desoladas requieren un protocolo de seguridad previamente planeado, preferencias por circular en grupos que de forma individual, estar precavido de los alrededores por individuos o vehículos sospechosos, tener siempre un celular a fin de mantener una posibilidad de contacto con amigos y familiares en caso de algún peligro, leer correos cadena que cuentan historias sobre secuestros o raptos ocurridos en sitios familiares de la ciudad en alguna medida justifican los anteriores comportamientos. Por supuesto, estas conductas no se deben únicamente al riesgo del secuestro sino a la inseguridad en general que se vive en el país, pero este delito constituye una parte importante en esta percepción de inseguridad a la que las personas sin saber llegan a acostumbrarse.


Además, que los masivos secuestros fueran perpetuados en su mayoría por el ELN y las FARC, ha hecho que estos dos grupos sean identificados por la sociedad Colombiana como su enemigo, produciendo los que Martin Baro (1984) denomino polarización social para referirse al proceso en el que los grupos de una sociedad se encuentran en posiciones contrarias, identificándose mutuamente como enemigos. Dicha polarización supone un riesgo de violencia, puesto que, en la medida que se identifica un otro, también se identifica un nosotros, en el que el individuo camufla su responsabilidad sobre sus acciones, las cuales además son justificadas en pro de los intereses colectivos (sustentados en una ideología de grupo); esto, facilita y legitima la indolencia social y la vulneración de los derechos humanos, puesto que, al identificar al otro como enemigo, este tiende a ser deshumanizado (Macias, 2008).


Estos delitos, denunciados en la comunidad internacional con vehemencia, sin embargo no parecen perturbar el transcurrir cotidiano de los colombianos, a excepción de momentos históricos particulares como fueron las múltiples marchas en contra del secuestro en el año 2008 (¿?) que eventualmente desaparecieron. Es posible que esta aparente o superficial indiferencia se deba a que los casos de secuestros se han convertido en un delito recurrente y común el que, si la sociedad se permitiera afectarse por cada caso y presionar por la liberación de cada persona, probablemente trastornaría la vida y lo afectos nacionales de tal forma que no sería viable al mediano o largo plazo.



Referencias

Adopta un secuestrado (2008) El secuestro en Colombia. Recuperado el 25, Octubre, de http://www.adoptaunsecuestrado.org/htmls/Secuestro_Colombia.htm

Comité Internacional de la Cruz Roja, [CICR] (2002). La actitud del CICR en caso de toma de rehenes - líneas directrices. Revista Internacional de la Cruz Roja , 846.

Fondelibertad (2010). Realidad de las victimas del secuestro en Colombia. Recuperado 29, octubre, 2010 de http://www.fondelibertad.gov.co/web/documentacion/informe_realidad_secuestro_2010.pdf

Macias, M. (2008). Los grupos y su dinámica. En C. Arboleda (Ed.), Psicología social teoría y práctica (pp. 51-71). Universidad del Norte, Barranquilla.

Martin Baro, I. (1984). Guerra y salud mental. En Psicología social de la guerra: trauma y terapia. (pp. 23-40) UCA, San salvador.

domingo, 15 de agosto de 2010





"... Usted reposa ahora, don Ignacio, con Amando, el arcángel consejero; con la "fé y alegría" de aquel Lolo; con Segundo, el de barbas de dios Zeus.
Con Pardito, silente y laborioso que alcanzó a Dios en su correr eterno; y con Nacho, conciencia inquisitiva que ha de encuestar los ángeles del cielo
Allí descansan de este rudo tiempo de congoja, dolor, llanto y miseria y desde el gran martirio atribulado defienden a la vida de esta tierra.
Elba y Celina, lirios de este pueblo, reposan más allá de su silencio: ellas volvieron a su lar amable a dormir en la tierra primigenia."
Fragmento de "De la hostia, la sangre y la arboleda" (Escobar, S.F, p. 14)
El Hombre, Psicólogo Y Sacerdote Que Fue Ignacio Martin Baro


Según la real Academia Española se le llama mártir a una “Persona que muere o padece mucho en defensa de otras creencias, convicciones o causas” (Real academia española, S.F) y según la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”(UCA) Ignacio Martin Baro y seis personas mas son mártires (Universidad “José Simeón Cañas”, 2010), los suyos y los de toda latino América, pero ¿porque?, ¿Quién pudo haber sido y qué pudo haber hecho un sacerdote jesuita para llevar con sigo tal titulo?
Ignacio Martin Baro nació en Valladolid, España, en 1942, lugar donde creció y vivio hasta los 17 anos, cuando decidió unirse a la Compañía de Jesús. Durante su segundo ano de noviciado fue enviado por primera vez al salvador, país en el que moriría cruelmente asesinado varios anos después (De la Corte, 1998). Esta primera llegada de Martin Baro al salvador estuvo marcada por un contexto socioeconómico y político que define de alguna manera la historia del salvador (y de muchos pueblos latinoamericanos) y que determino el rumbo que Martin Baro le dio a su vida y a la psicología.
Dicho contexto se destacaba (y “destaca”) por una economía incipiente y dependiente a la cual citando a Prebisch Martin baro se referiría como “capitalismo periférico” ( De la corte, 1998) haciendo alusión al empobrecimiento interno que sufre un país a consecuencia de que su sistema económico sirva a intereses políticos y económicos ajenos, siendo esta una muestra mas de la subordinación de los países latinoamericanos a unos colonizadores ya no tan españoles ( Galeano citado por De la corte, 1998; Prebisch citado por De la corte, 1988). En el caso especifico del salvador a medidos del siglo pasado, la economía del país estaba basada y proyectada en la siembra y exportación de café, lo cual implico que gran parte de las tierras fértiles fueran destinadas a monocultivos de café; esto tubo como consecuencia, por una parte, decenas de campesinos sin tierras, pues estas les fueron arrebatadas para la siembra de café (una siembra de la cual no se beneficiaban económicamente pues estas pasaron a pertenecer a los grandes hacendados, para quienes campesinos debían trabajar), y por otro lado los monocultivos, y la escases de tierras disponibles para la siembra de otros productos como arroz, frijol y maiz, que constituían gran parte de los alimentos diarios, contribuyo a una escases que tubo que ser suplida con la compra externa de alimentos, aumentando así los costos, contribuyendo al aumento de las condiciones de pobreza y desigualdad social ya existentes en el país.
Dicho contexto socio económico de pobreza y desigualdad, al que se refiere Martin baro como una segunda característica de los pueblos latinoamericanos, fue la tierra de base para continuos golpes de estado que finalmente desembocarían en una bélica guerra civil que iniciaría en 1980 y no terminaría sino doce anos después (Comisión de la verdad,1993).
Mas que nada Martin Baro fue defensor de los derechos humanos, un denunciante de los atropellos que el ejercito salvadoreño cometía todos los día contra la población civil, un hombre consiente de la responsabilidad que para con el pueblo y la sociedad tiene la psicología. Desde 1966, que regresa al salvador escribio textos críticos y denunciantes que le exigía a la comunidad académica y al mundo dar la cara al bélico conflicto que se desarrollaba en Centroamérica, textos que lo pusieron de primero en la lista negra de algunos comandantes del ejercito y demás políticos (Salvadoreños y estadunidenses) involucrados en los actos de atropello que este denunciaba; lista de cuyo nombre fue tachado el 16 de noviembre de 1989, cuando los tenientes Jose R. Espinosa y Rene Mendoza dieron la orden a los soldados de Atlacatl (Comisión de la verdad,1993) de entrar a la UCA y matar a las siete personas que ahí se encontraban durmiendo: Ignacio Martin Baro, Segundo Montes, Ignacio Ellacuria, Amando Lopez, Juan Ramon Moreno, Elba Ramos y su hija Celina Ramos.
Entonces, ¿merecen Martin Baro y sus seis compañeros de muerte tal titulo,? Ignacio Martin Baro fue asesinado por no estar de acuerdo, por creer en la vida mas que en la muerte, por creer que el saber puede y debe ser diferente, debe ser para la gente, debe ser para crear conciencia y memoria, debe ser para que los psicólogos y el mundo tengan una rol mas político, debe ser para que halla un saber y una psicologia mas pertinentes con las realidades de los pueblos latinoamericanos, unos pueblos, que no se puede olvidar, se han condenado a no recordar. “Cuando, por cualquier circunstancia, aparecen a la luz pública hechos que contradicen frontalmente la “historia oficial,” se tiende alrededor de ellos un “cordón sanitario,” un círculo de silencio que los relega a un rápido olvido o a un pasado”(Baro, 1988, p.6)