Probablemente la mayor dificultad que se presenta en Colombia para la aplicación de la memoria histórica es que los colombianos recuerdan lo que han olvidado. Este oxímoron no es simplemente para llamar la atención sobre el texto, sino que efectivamente pareciera que los colombianos no recuerdan lo que ven todos los días; en el caso particular de este texto, el fenómeno del secuestro.
Los secuestros en Colombia se han hecho muy comunes en las últimas décadas, tanto que son noticia habitual en los noticieros o los diarios; se conocen las imágenes y los nombres de algunos secuestrados, y en los casos “resueltos” de secuestros, se sabe quién y para qué efectuó el secuestro. En algunos momentos, el país ha salido a marchar a modo de protesta por esta violación al derecho fundamental de la libertad, he incluso se crean diversos espacios dedicados a los secuestrados como son algunas páginas web (www.adoptaunsecuestrado.org).
Sin embargo, tal “visibilizacion” del conflicto, contrario a lo que se pensaría, no permite al pueblo colombiano acceder a la verdad, sino que, contribuye a que el secuestro se haga cotidiano e interiorice como algo natural; se volvió normal escuchar durante la cena, en el noticiero de la noche, cualquier cosa acerca de los tantos secuestrados que hay en Colombia.
Dicha realidad solo se cuestiona en ciertos momentos, cuando alguna imagen o relato sale a la luz y se enfrenta con nuestra cotidianidad mostrándonos lo absurdo, deshumanizador y real que es el secuestro; el pueblo “ofendido” decide entonces que es hora de hacer una marcha y de hablar y recordar que en las selvas de Colombia todavía existen personas, hijos, padres, hermanos y esposos de alguien, personas que durante mucho tiempo han existido tan solo como cifra, incluso olvidada.
Pero todas estas manifestaciones pronto caen en desuso: liberan a una candidata política y el interés nacional sobre los secuestrados palpablemente disminuye, casi como si el problema ya estuviera a punto de resolverse; las marchas cesan y no es posible la convocación de la gente nuevamente para repetir este tipo de actos; los espacios, incluso las páginas web, caen en desuso y se des-actualizan por periodos de más de un año; a pesar, de que el secuestro no acaba y continuamente hay más personas secuestradas. Sin embargo, esto último no se ve: la ausencia de estrategias y políticas estatales (responsabilidad estatal), en pro del bienestar de los secuestrados se encubre en un velo de noticias (que incluso se podrían llamar amarillistas) que, día tras día dejan la ilusión, la idea, de que en Colombia la situación del secuestro ya no es tan grave y que el Estado está siendo un efectivo defensor de los derechos humanos, por lo que no habrían motivos para que el pueblo no se preocupe de mas por reclamar, cuestionar y exigir, de esta manera la verdad oficializada, contribuye a que en Colombia se olvide lo que se recuerda.
Pero entonces ¿Qué ocurre? ¿Será que la memoria histórica no tiene efecto sobre el contexto colombiano? ¿O será que las manifestaciones que vemos no son verdaderos procesos de memoria histórica? Probablemente el caso sea que no se han realizado procesos reales de memoria histórica: para empezar, en la mayoría de los casos de secuestro los victimarios no son confrontados de forma directa por las víctimas y familiares, y aunque el Estado dice reforzar esfuerzos en la prevención de secuestros, y muestra estadísticas que así lo indican, la realidad es que los secuestros siguen ocurriendo en nuestra sociedad. De igual manera, los procesos de memoria parecen haber estado mas dirigidos a mantener la estimación del número de personas que han sido y se encuentran secuestradas, que en mantener viva la historia de la víctima, como persona; contribuyendo de esta manera, incluso, a una re victimización de quienes tras haber sufrido el secuestro propio o no (de algún familiar o amigo cercano), sufren el olvido y desvalorización de su dolor.
El tema del secuestro a diferencia de otros crímenes, y de otros contextos, no es un tema tabú cuya mención pueda acarrear peligros a las personas o estigmatización: no existe una restricción explícita o implícita sobre la comunidad para hablar sobre el secuestro, sin embargo pocos parecen comentarlo o tenerlo presente en sus mentes aunque en caso de que el tema surja, pueden hablar de este. Esta habituación sobre el tema crea la sensación de que los colombianos han olvidado lo que todos recuerdan; tal vez la memoria histórica requiere de temas pasados para surtir su efecto reparador y preventivo, y el secuestro en Colombia constituye un tema muy presente. ¿Puede curarse una herida que aún tiene la espina que la causó?
Alejandro Arce Sánchez
Ana María Rivera